13 oct. 2008

LAS MASAS SON VELEIDOSAS


Chico Buarque
Geni y el zepelín


De los rengos y los tuertos,
del bajo fondo del puerto,
ella anduvo enamorada.
Su cuerpo es de los errantes,
vagabundos y emigrantes,
de los que no tienen nada.

Se entregaba desde niña
en garajes o cantinas,
tras la pileta, en el monte;
reina de los prisioneros,
las locas los pordioseros,
los gurises del asilo.

A menudo a su cuidado
hay viejitos desahuciados
y viudas sin porvenir.
Es buena como son pocas,
por eso la ciudad toda
repitiendo ha de seguir:

¡Tírenle piedra a Geni!
¡Tírenle piedra a Geni!

Ella está para aguantar,
ella está para escupir,
se entrega no importa quien,
¡Maldita Geni!

Un día surgió brillante,
entre las nubes fluctuante,
un enorme zepelín.
Se paró en los edificios,
abrió unos mil orificios
con mil cañones así.

La ciudad, toda espantada
se quedó paralizada,
casi se volvió jalea.
Mas del zepelín gigante
descendió el comandante
diciendo: “cambié de idea:

Cuando vi en esta ciudad
tanto horror e iniquidad,
decidí hacerla explotar.
Mas puedo evitar el drama
si es que aquella hermosa dama
de noche se entrega a mí”.

¡Esa dama era Geni!
¡Mas no puede ser Geni!
Ella está para aguantar,
ella está para escupir,
se entrega a no importa quien,
¡Maldita Geni¡

Sin que se lo propusiera,
de tan ingenua y sincera,
cautivó al forastero.
El guerrero tan vistoso,
tan temido y poderoso,
quedó de ella prisionero.

Ocurre que la doncella
(y esto era secreto de ella)
tenía también sus caprichos;
y, a darse a hombre tan noble,
tan oliendo a brillo y cobre,
prefería amar los bichos.

Al oír tal herejía,
la ciudad en romería
su mano vino a besar.
El Prefecto de rodillas,
el Alcalde a hurtadillas,
el Banquero y su millar:

¡Anda con él, ve Geni!
¡Anda con él, ve Geni!
La que nos puede salvar,
La que nos va a redimir.
Se entrega no importa a quien,
¡Bendita Geni!

Fueron tantos los pedidos,
tan sinceros, tan sentidos,
que ella dominó su asco.
Esa noche lancinante
entregose a tal amante
como quien se da al verdugo;
Tanta suciedad el hizo,
relamiéndose de vicio,
hasta quedarse saciado.
Y, no bien amanecía,
partió en una nube fría
con su zepelín plateado.

Con un suspiro aliviado,
ella se acostó de lado
y trató de sonreir.
Mas luego al rayar el día,
la ciudad en gritería
ya no la dejó dormir:

¡Tírenle piedra a Geni!
¡Tírenle piedra a Geni!
Ella está para aguantar,
ella está para escupir,
se entrega a no importa quién,
¡Maldita Geni!

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